martes, 2 de junio de 2015

PREHISTORIA - El Período Neolítico

CULTO A LOS MUERTOS Hemos visto precedentemente, y lo ampliamos en el Curso de Arqueología, cómo el hombre del Paleolítico —aunque de Mortillet lo niega tercamente— enterraba a sus muertos, dotándolos de verdaderas sepulturas, acompañados de ajuar funerario primitivo y tiñendo, a veces, sus huesos de rojo. El hombre del Neolítico retoma este culto a los muertos, creando muy diversos tipos de sepulturas. En ello, como en todo lo demás, confirma el carácter local de su cultura. Por lo pronto, emplea el simple hoyo de tierra. Esta simplicidad extrema parece no estar de acuerdo con su adelanto en otras manifestaciones culturales. Quizá por ello, esta tumba tan fácil de realizar es relativamente poco empleada en la Europa occidental, siendo en Alemania más frecuente que en Francia. Sin embargo, en este último país, en el departamento del Marne se han hallado sepulturas de este tipo en las cuales los cuerpos eran enterrados replegando las extremidades sobre el tronco, un poco a la manera paleolítica, pero orientando de Norte a Sur los pequeños hoyos verificados en la tierra.
SEPULTURA NEOLITICA EGIPCIA. La ilustración nos presenta el tipo de tumba en la cual el extinto era depositado en posición encogida con brazos y piernas replegados, y rodeado de sus pertenencias, entre las que se destacan cántaros y ánforas para las provisiones. Esta tumba fue hallada en la Necrópolis de El Amrah, cerca de Abydos (Egipto).
Tumbas similares han sido señaladas en el valle del Nilo por Joly, desde 1888. También continuaron manteniéndose las sepulturas en grutas. Y donde no las había, se construyeron abrigos artificiales. El barón de Baye los ha estudiado en el departamento francés que acabamos de citar. En algunos casos el hombre neolítico ha llegado a construir verdaderos hipogeos, abiertos en los yacimientos de tiza —que no deben ser confundidos con las "minas de sílex", de que antes se habló. Estas construcciones comprendían una o dos cámaras, en las que se depositaban los cadáveres y su ajuar funerario. Tanto las grutas naturales como estas intencionalmente practicadas por el hombre eran luego cerradas con lajas de piedra o gruesos maderos. A veces los enterramientos eran numerosos, agrupados regularmente por camadas, unos encima de otros, en dos hileras, dejando entre ellos una especie de pasadizo practicable. Ciertas características de algunas de estas grutas artificiales han permitido a Cartailhac suponer que fueron también utilizadas como capillas funerarias para ciertos cultos mágico-religiosos. Otras, en su opinión, debieron servir como lugar de sepultura para jefes o personajes de categoría superior. Algunos autores, como de Mortillet, han supuesto que los dólmenes —cuya área de extensión cubre Escandinavia, Inglaterra, Bélgica, Francia, Portugal, España, Suiza, Italia, Hungría y los Balcanes, en Europa; toda la costa norte lindando con el Mediterráneo, en el Africa; la Siria y el Asia Menor, el Afganistán, el Beluquistán, la India, Corea y el Japón, en Asia— pertenecían al período Neolítico. Pero estudios más modernos han demostrado por el reiterado hallazgo de rastros metálicos, que pertenecen a épocas posteriores. Dejemos, pues, este problema para la oportunidad que realmente le cuadre. En cambio, debemos señalar, como nuevo ejemplo de la diversidad de las maneras culturales del Neolítico, que si bien en algunas regiones europeas todas las tumbas neolíticas demuestran la costumbre de la inhumación, como por ejemplo en Suecia, Noruega y Dinamarca, otros lugares de Europa nos advierten del uso de la incineración: por ejemplo, Francia, Turingia y Prusia occidental. Sin duda los procedimientos de destrucción o preservación del cuerpo humano después de la muerte estaban en estrecha relación con ideas acerca de un más allá; nada conocemos de éstas en forma tal que nos sirva para hacer una interpretación adecuada. Señalemos, de paso, que ni en Inglaterra, ni en Italia, ni en Suiza, se han encontrado huellas de incineración. Las sepulturas en dos tiempos (es decir, con descarnamiento previo de los huesos y entierro final de éstos) se han practicado desde el Paleolítico. En el Neolítico parecen haber continuado en uso en distintas regiones de Europa, con un área de distribución muy amplia, que comprende desde Inglaterra a Rusia. En cambio, es propio del período Neolítico el practicar la trepanación de los cráneos. Esta operación —que ignoramos si se verificaba in vivo o post mortem—, se nos revela por los hallazgos de los cráneos de los sujetos que la han sufrido, hallados en tumbas correspondientes a este período. Algunos autores han interpretado esta costumbre como destinada no a intentar la curación de enfermedades sino a procurar los pequeños trozos circulares del casquete craneano —llamado comúnmente "calota", en Antropología— para emplearlos como fetiches o amuletos. Algunos de estos pequeños fragmentos han sido encontrados. Se los había provisto de agujeros de suspensión, para unirlos a collares. Más aun, en el yacimiento de Stradonitz, en Bohemia, se ha encontrado un fragmento de calota decorado con dibujos geométricos incisos, semejantes a los trabajos que realizan aún los habitantes de algunas islas de la Oceanía. Desgraciadamente, sólo los ritos funerarios nos aportan débiles atisbos de lo que debieron ser las religiones y las preocupaciones ultraterrenas de los hombres del Neolítico. Todo cuanto se ha escrito sobre el particular, que no es poco, es el resultado de inferencias, más o menos lógicas o más o menos ingeniosas, deducidas de los restos materiales que aquellos lejanos hombres nos han dejado. Estas dificultades se han hecho aun más intensas por el fracaso a que han conducido todos los intentos de reconocer la existencia de un valor alfabético a las inscripciones figurativas neolíticas, que no son, posiblemente, sino expresiones puramente artísticas o, a lo más, mnemónicas. El último y más rotundo de esos fracasos es el producido a raíz del hallazgo del supuesto "alfabeto neolítico" de Glozel. Este hallazgo espectacular fue logrado en Francia por Morlet y Fradin, quienes lo comunicaron a la Academia de Inscripciones, de París, a la Sociedad de Antropología y a otros centros de cultura, sin merecer más que una desdeñosa o irritada atención. La cosa no hubiera pasado, quizás, a mayores, si Salomón Reinach y el Mercure de
France no hubiesen apoyado a los autores nombrados, quienes eran, antes de este affaire, casi totalmente desconocidos. El ruido que las publicaciones del Mercure provocaron, así como la intensa agitación polémica que Reinach desplegó, sirvieron para hacer popular este asunto, sacándolo del medio estrictamente científico en que debió haberse desenvuelto. Pronto llegó hasta las revistas de music-hall y los diarios vespertinos y populares del boulevard. Morlet y Fradin presentaban guijarros con incisiones variadas, cuya disposición recordaba la de los signos de la escritura cuneiforme, y que decían recogidos del subsuelo de Glozel. Llegaron a mostrar hasta noventa y tres signos diferentes (lo que, ya de por sí, hubiese demostrado que no eran alfabetiformes) afirmando que eran encontrados en terrenos netamente neolíticos. A pesar del apasionamiento defensivo de Reinach y de la buena voluntad de otros autores que le seguían —en parte por su prestigio y en parte por su posición oficial de director del Museo de Saint-Germain—, investigaciones posteriores de laboratorio, basadas en observaciones microscópicas, demostraron que los galets de Glozel no eran otra cosa que falsificaciones modernas en las que el microscopio revelaba, implacablemente, las partículas de materia fresca invisibles al ojo humano. Así fracasó la última y más espectacular tentativa de "inventarnos" un alfabeto neolítico.

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