viernes, 8 de agosto de 2014

PREHISTORIA - El Período Paleolítico

MOTIVOS ARTISTICOS DEL PALEOLITICO Este arte prehistórico no se encuentra exento de amaneramientos y de "recetas". Hay una manera, casi diríamos de escuela, de representar al bisonte, al ciervo, y a los demás seres. En algunos casos la ejecución llega hasta la pura excelencia. El bisonte acometiendo, pintado en el techo de la caverna de Alta-mira, o los finísimos ciervos de Calapatá, con su oposición cromática exaltadora de la pureza de su línea, son muestras patentes de aquella extraordinaria calidad. Debe hacerse notar, además, que el arte mobiliar (es decir, el figurado sobre utensilios, armas o instrumentos) y el realmente rupestre (de las paredes de la caverna) son obra de las mismas manos, como lo evidencia, justamente, esa unidad de escuela, de que antes hablamos. Obligado el hombre primitivo a permanecer en el interior de sus refugios cavernarios por la acción de las nieves, las lluvias y el frío, entretuvo sus largas esperas trabajando, con grande paciencia y vívido recuerdo, tanto las paredes rocosas de sus moradas como los utensilios de su diaria labor. Así nacieron esas decoraciones primorosas, que tan pronto golpean nuestra atención desde el fondo de un oscuro rincón rocoso como nos maravillan en un asta o un hueso decorados. Aparte de su valor propio, desde el punto de vista artístico, esas figuraciones del hombre paleolítico tienen un gran valor documental. Gracias a ellas tenemos la representación de todos los animales con los que convivió el hombre de estos períodos, o al menos de aquellos que ocuparon un lugar principal en su vida de relación. Al lado de los grandes mamíferos, hoy extinguidos, los animales que constituyeron su presa predilecta, y, junto a los nombrados, otros que, en un porvenir muy cercano el hombre adscribirá a su dominio en calidad de animales domésticos: el caballo y el perro. Respecto del primero baste recordar, para el arte mural, la figuración de uno de ellos en el "camarín" de la caverna de la Peña de Cándamo, y, en el arte mobiliar, la hermosísima representación de caballos relinchando, encontrada en Mas d'Azil. Sobre los segundos se ha discutido si ya no habían entrado en los tiempos paleolíticos en la esfera de la domesticidad. El marqués de Cerralbo así lo suponía, pero su opinión era puramente intuitiva y ha sido desechada por la mayoría de los autores. Un capítulo especial, dentro del arte prehistórico, correspondería a la representación de la figura humana. Algunas alusiones hemos hecho ya a este tema en el transcurso de lo expuesto. Las representaciones más interesantes no parecen ser tanto las correspondientes a los hombres cuanto las que se refieren a las mujeres. Ellas están figuradas en una pequeña serie de estatuillas, a las cuales los prehistoriadores han denominado, a veces con cierta ironía, las "Venus". Curiosas características pueden notarse en algunas de las más célebres. La de Bassempouy (Francia) muestra interesantes detalles del peinado; la de Villendorf (Austria) revela que el ideal de belleza femenina predominante debió ser muy parecido al que predomina actualmente entre los hotentotes: las de Lespuge y Mentone (Francia) muestran un juego de masas y volúmenes que las aproxima, curiosamente, a las atrevidas concepciones de la escultura contemporánea. De esta suerte, los procedimientos artísticos se aproximan a través del tiempo. El arte prehistórico tiene un final aun más abrupto que su comienzo. Después del esplendor del período magdalenense se pasa, sin transiciones, a las manifestaciones puramente geometrizantes del aziliense, de las que ya hemos hablado al caracterizar a aquel período. Esta honda diferencia, en cuanto al arte, muestra las profundas separaciones culturales que aíslan entre sí a ambos períodos. Ello plantea una serie de problemas que, al menos por el momento, quedan sin solución.
LAS VENUS DE LA PREHISTORIA. Existen una serie de estatuillas femeninas que son preciosos documentos del ideal femenino en tan lejanos tiempos. La que aquí vemos, de frente y de perfil procede de Mentone y fue originariamente publicada por S. Reinach. Su técnica expresiva la aproxima a ciertas manifestaciones de nuestra estatuaria contemporánea.

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